Hertzainak

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En aquellos tiempos, a principios de los 80, no existía el rock vasco, tal como aireaba Gama, el miembro de Hertzainak que vio y vivió el Londres'77 y, a la vuelta, montó un combo punk en su ciudad, Vitoria. «Lo que se entiende por música vasca es un aburrimiento inaguantable. El único conjunto que nos gusta en Euskadi es Zarama», juzgaba inapelablemente Gama, a lo que añadía su amigo Josu Zabala, ahora técnico del Kafe Antzokia: «El panorama musical vasco actualmente es bastante deplorable... Me parece bien que todos aquellos cantautores se hayan ido todos a la mierda... El problema es que una etapa negra ha mandado al garete a la música vasca. A nivel económico, el desastre financiero es increíble. No se vende ningún disco de nadie, excepto de Benito Lertxundi, que encima es una mamarrachada. Eso es lo que más me fastidia, que encima lo que le gusta a la gente es lo más clasicorro, lo más barato y fácil que se podía haber hecho en Euskadi». Y remataba Gama: «Resumiendo: la música vasca hasta ahora ha sido una paliza».

En efecto, pero si, veinte años después, funcionan grupos como Zodiacs, Señor No, NCC, MCD, Bonzos, Ortophonk, Safety Pins, Atom Rhumba, La Buena Vida, Starlites, Marea o Berri Txarrak, es gracias a la labor seminal de Hertzainak y sus coetáneos: Zarama, Cicatriz, La Polla, Kortatu... Encuadrados en el denominado rock radical vasco, dinamizaron una escena inexistente, espolearon a una prensa que dio pábulo a sus andanzas y asentaron las bases de un circuito que iría definiéndose hasta llegar a lo que tenemos hoy, un entramado bastante envidiado con empresas (discográficas, de representación, de grabación, etc.), artistas (más de cien nombres editan disco cada año) y locales (la red de salas públicas y privadas que permiten las actuaciones regulares de grupos locales, nacionales o internacionales, era inimaginable).

A pesar de todo, en 1983, se quejaban con razón: «La falta de infraestructura hace que no esté nada claro que ésta pueda ser una inversión rentable. No existe más que un local en Lasarte y los dos de Vizcaya. Además, no hay una tradición rockera y todo el mundo es pionero». Intentando repetir el éxito obtenido las Navidades pasadas con la caja con las obras completas de Itoiz, Oihuka, sello perteneciente al entramado Elkarlanean, ha compilado esta vez en un box séptuple el legado de Hertzainak, el combo vitoriano que abrió fuego con su mejor plástico, deslucido por una batería Simmons que se convirtió en un virus nefasto, presente en la mayoría de los discos míticos vascos de esa época.

Hertzainak (84), obra maestra que descolla por encima del resto de su producción y por la que serán siempre venerados, aunaba el legado de los Clash más aperturistas con la pachanga -aquí se hacía antes de Mano Negra- y los avistamientos jamaicanos en forma de reggae sombrío o ese ska festero que les llevó a reivindicar una tropicalidad vasca de la que renegarían: «Jamás pretendimos crear movimientos alrededor de lo de Euskadi Tropical, ni suponíamos que la historia iba a calar a otros grupos que han adoptado esa onda. La canción 'Arrautz bat pinu batean' no era más que un chiste afortunado. Hicimos risas con ella y nos sigue gustando, la gente es la que ha hecho el resto».

Ese era un disco de punk avanzado, con hitos inolvidables como Eh txo!, Pakean utzi arte, Ta zer ez da berdin, Si vis pacen, parabelum o el rotundo Kontrola!, temas estructurados sobre un entramado musical que arrancaba de la tradición del folk sinfónico euskaldun y se propulsada por la mala leche de Gari, el frontman que se desgañitaba contra todo, arrimando el ascua a su sardina política en una época aún más transicional que ésta.

Sin embargo, como el punk rocker que se presumía, Gari se atrevía a repartir estopa por otros lados ahora tabú. Por ejemplo, cantaba en Drogak AEKn: «¿Tengo que aprender bertsos y trikitixas? / ¿Debo esforzarme tanto para ser vasco? / Estoy mosqueado y quiero drogas en el AEK para estar ciego y no ver a los vascos». Bueno: Hertzainak tenían patente de corso: «Lo que pasa es que nosotros vamos de borrokas y vamos de intentar tocar los huevos a cierta gente. Y, como nadie lo hace en euskera, pues nunca se dan por aludidos».

Su reválida desilusionó a mucha peña. Se titulaba Hau dena aldatu nahi nuke (Oihuka, 86), la impregnaba una reconocida temática pesimista, Gari se decía hastiado por las plasti-chuletas y las merluzas de goma (¡hace quince años!) y musicalmente se acabó la fiesta, pues la movida rulaba entre el alambique de The Fall y el postsiniestrismo de The Cure, todo con label vasco, claro. Quedó como hit el Egunero, y a la reedición digital se añaden dos singles más sueltos; en total, cuatro cortes en plan reggae que tomarían Negu Gorriak o pachanga retrofolk a lo Oskorri.

Es que ellos mismos se hartaron de su propia trascendencia, como declaraban en 1985: «¿Que qué hacemos cuando entramos a un bar y vemos a borrokas y otras especies dando brincos y tarareando nuestras canciones? Pues nos vamos a otro bar».
En su tercer disco, Salda Badago (88), empezaron a sonar bien gracias a la producción de Ruper Ordorika. Recuperaron el pulso de la alegría, aunque no abandonaron la profusión arreglista ni la diversidad ambiental en cada canción mientras se sucedían números marciales, de funk after punk, de trikireggaa o de ska marca de la casa.

Mantuvieron el tipo en Amets Prefabrikatuak (89), álbum en el que incidieron en su concepción del rock sofisticado euskaldun. Depurando su estilo y dando importancia a mensajes crípticos a cuyo servicio se ponía la instrumentación, los vitorianos destacaban en tres cortes: el ska-rock Autokutsatzen, el Tupés en crecimiento de Derribos Arias traducido, y un Aitormena (Confesión) recreado con violines.

Este Aitormena, editado anteriormente en formato maxisingle y con aire rock, les abrió a nuevos públicos. «Me enorgullece que hoy podamos ver en las primeras filas tantas chicas o más que chicos, cosa que antes era difícil por la violencia o la imagen que se tenía del grupo», confesó Josu Zabala, bajista y motor musical, antes de desvelar su método de composición: «Suelo partir de un texto. Después, me planteo una melodía, empiezo a elaborar un arreglo y agarro cuatro máquinas, como una caja de ritmos, un ordenador con secuenciador y un magnetofón con cuatro pistas. Vía ordenador, escribo una partitura para que la toque el instrumento que quiero, y el secuenciador te la repite y te la puede coordinar con el ritmo elegido y lo que hayas grabado en las cuatro pistas. A partir de ahí, empezamos a trabajar todos en el local».

Entre cansancio y rumores de disolución, llegó el directo Zuzenean (91), de sonido opaco y ejecución rutinaria, y dieron el canto del cisne en Denboraren orratzak (93), su mejor trabajo, excluyendo el histórico debut. En él, centrados y concretos, Hertzainak desbrozan el terreno por donde se moverá Gari en solitario, se apuntan al rock de autor de Ruper Ordorika, lanzan guiños a Laboa, versionean el Luché contra la ley de Bobby Fuller -seguro que lo conocían por la de los Clash-, tocan trikis y se acercan al rollo folk de Celtas Cortos.

Además, la caja se completa con un séptimo CD que reúne tres maxis: el internacionalista Mundu berria daramagu bihotzean, con Guantanamera en castellano; el Une Etengabeak; y el popular Aitormena. Un acertado anexo para una carrera irregular y menos punk y tropical de lo que algunos quisieron vender.



Redacción NO80s
(Aportaciones: Óscar Cubillo)

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